miércoles 25 de marzo de 2009

Atardecer en Riverside

Les comparto esta hermosa foto que me envió mi amiga María Esther Ramírez Barrientos. Se llama atardecer en Riverside y fue tomada por ella.

domingo 28 de diciembre de 2008

Unos momentos de reflexión en estas fiestas

Que Dios misericordioso bendiga a ustedes y sus familias y que

el próximo año sea de satisfacciones y alegría. No dejemos de luchar
ante la adversidad y recordemos que el amor todo lo puede. ¡Feliz año 2009!

miércoles 19 de noviembre de 2008

Edith Piaf: la mejor cantante de Francia

video

Non, je ne regrette rien.

martes 4 de noviembre de 2008

Poesía de Luz



A CRISTO CRUCIFICADO

Anónimo, S. XVI

No me mueve, mi Dios, para quererte el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte.



Tú me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte.



Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera.



No me tienes que dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera.

Poesía de Sombra

LOS SUCIOS ESQUELETOS DE TUS BESOS



Te pedí que permanecieras a mi lado
cuando viniera la oscuridad pero huiste.
Te pedí un pedazo de Sol y me rodeaste de sombras.

Te pedí que tomaras mi mano pero no lo hiciste,
te pedí agua y me trajiste polvo,
te pedí vida y me trajiste llanto,
esperaba tu compañía y sólo obtuve largas ausencias.
Esperaba todo de ti y nada tengo.

De mil maneras invoqué tu ayuda:
rogué,
supliqué,
imploré.
Mil gritos desgarrados huyendo de mi garganta y un terrible silencio por respuesta.

Lo único que me dejaste al partir fueron los sucios esqueletos de tus besos, el pálido fantasma de tu amor.

martes 14 de octubre de 2008

El Cuarto Reich


Nada como un buen estímulo para alcanzar la eficiencia.

El Cuarto Reich


Genial Palomo

viernes 3 de octubre de 2008

Un cuento de mi primer libro La Furia de Dios de editorial Fontamara

LA CARA NEGRA DE DIOS
Alejandro Rosete Sosa
Y las tinieblas cubrían la superficie del abismo,
mientras el espíritu de Dios aleteaba.
Génesis.
En el principio era Dios y Dios estaba completamente solo. Así transcurrieron los evos hasta que Dios deseó ver a Dios, conocerse a sí mismo; para ello tuvo que crear un espejo, a ese espejo le llamó Universo y en él habitaban las tinieblas. Dios contempló a Dios en el acto creador y por un instante fue feliz, esa felicidad lo acompañó durante millones de años hasta agotarse y otra vez vino el sentimiento de vacío. Las tinieblas se entretenían en su danza estática, en su bacanal de silencio. Cubrían la superficie del abismo haciendo corro en torno al espíritu de Dios que se abría paso entre ellas como un bajel de fuego. La oscuridad se replegaba presurosa ante Él para luego, burlona, inundarlo todo con el hábito negro de la soledad. ¡Pobre Dios! Píldora dorada en el estómago negro de la nada. Dios, ojo radiante incapaz de contemplar otra cosa que a sí mismo. ¡Príncipe de la soledad, Señor de la ausencia, Dueño del vacío! Cantaban las sombras divirtiéndose hasta la locura. Dios, origen de todo, indefinible e ilimitable, vagaba del principio al fin de la nada. Un sentimiento inexplicable le atenazaba el lugar donde debería estar el pecho y en teoría su corazón sangraba. -¿De qué sirve el amor si no hay a quién prodigarlo?- Decía para sí. Llegó un momento en el cual ya no pudo soportar la soledad. Del centro de la voluntad divina brotó una emanación de energía como un disparo de luz. Una esfera ígnea giraba lentamente ante la presencia divina. Dios manipuló la esfera, la fragmentó en siete partes dotándolas de conciencia y atributos particulares y luego sopló sobre cada una de ellas para animarlas. Siete seres luminosos rodeaban al Todopoderoso: Miguel dueño de la luz, Gabriel señor de los sueños, Samahel amo de la guerra, Anael príncipe del amor, Raphael señor del conocimiento, Zachariel custodio del poder y Orifiel guardián de la soledad. Angeles, mensajeros raudos, siervos fieles, compañía eterna. El equivalente a una sonrisa inflamó al todopoderoso. -¡Ríanse ahora, estúpidas sombras!- Parecía decir el resplandor divino. Las tinieblas, mientras jugaban a los dados, se hacían las desentendidas. Satisfecho de su obra, el Creador cayó en un profundo letargo. Poco a poco, la cara negra de Dios fue emergiendo hasta quedar en libertad. El rostro negro contempló a los ángeles -bellos, pero débiles- reflexionó el Señor Oscuro. En su mente convocó a toda la fuerza y la furia del Universo. Tomó los atributos de cada ángel y los mezcló para formar, a partir de una llama negra, al que sería el más poderoso de todos. Luzbel lo llamó y creó la tierra para que mandara sobre ella y su poder hizo temblar a las mismas tinieblas que abandonaron, momentáneamente, su partida de naipes. Con el despertar de Dios su faz negra huyó. Dios contempló al nuevo ángel y un estremecimiento lo recorrió. Se daba cuenta del tremendo poderío del ángel de la cara oscura. Mandó a los siete a que construyeran planetas para rodear a la Tierra y mantener bajo control a Luzbel y les dio mando sobre legiones; así nacieron el Sol y la Luna, Marte, Venus, Mercurio, Júpiter y Saturno. Cadena de planetas, cerco eterno para Luzbel. Siete ojos del Señor para vigilar al nacido de la penumbra. Luzbel, desde el interior de la Tierra, palpaba con manos invisibles cada uno de los rincones del planeta. Conoció el agua, el cielo y las nubes. Se entretuvo en darle nombre a todo y todas las cosas. El reflejo de su rostro quedó grabado en las facetas de los minerales, en los pistilos de las flores, en las grietas del coral. Luzbel, Príncipe del aire, se regocijaba con las maravillas del mundo y para sentirlo totalmente confundió sus venas con las de la Tierra, así nacieron las corrientes telúricas sagradas sobre cuyos nodos principales las distintas civilizaciones prehumanas construirían sus adoratorios. Dios determinó traer a su corte al ángel negro. -Teniéndole cerca podré controlarlo mejor- dijo a modo de disculpa, más para sí que para su séquito, que por otra parte nunca pedía explicación alguna. Miguel y Gabriel bajaron a la tierra, descendieron como rayos y con sus voces potentes convocaron a Luzbel llamándolo Hijo del sueño oscuro de Dios, Señor de la Tierra y sus criaturas. Una suave bruma cubrió a los heraldos, ante ellos se materializó el Príncipe del aire. Le manifestaron la invitación del Gran Padre para que acudiera a la corte celestial. El ángel terrestre meditó unos segundos, le puso agua a las macetas, creó al hombre con el barro de un tiesto de margaritas y se fue con los emisarios al Cielo. El recién llegado fue recibido con solemnidad, no podía obviarse del todo que también era hijo del Altísimo. Hubo un espléndido banquete al término del cual vino la discusión sobre temas tales como el libre albedrío del hombre, los límites de conocimiento y la reencarnación. Aburridos por fin de tanta disquisición inútil se quedaron en silencio. De repente se volvieron para observar fijamente a las tinieblas que enarcaron una ceja interrogante...
Dios, Luzbel y las tinieblas se pusieron a jugar ajedrez trilateral. Se divertían como enanos, mientras que en la Tierra, los hombres iniciaban el largo sendero del conocimiento y acaso soñaban conque un día se convertirían en dioses.

jueves 2 de octubre de 2008

Maldita vecindad

Alejandro Rosete Sosa
Cascarones... las puertas, los techos, los pisos... cascarones vacíos, ecos de sombras, ausencia de vida, postales secas enviadas a ninguna parte.
El patio de la vecindad está vestido por el susurro del viento. Las prendas pobres y ajadas hace tiempo que dejaron de colgar en los pobres y ajados tendederos; tampoco suenan ya los pasos de las madres apuradas, de los niños inquietos. En el patio sólo el viento reina, domina, ejerce su tiranía de soledad.
En los lavaderos, en las atarjeas, en los rellanos de las puertas y los quicios se derrama la ausencia. Sólo silencio, vaciedad, nada.
Altos muros... altos. Casi tocan el cielo esos muros; así lo creían los niños que se tiraban de panza sobre los depósitos de agua para ver el cabalgar de las nubes, el correr de los vientos. Muros más altos que el cielo, porque el cielo está lejos y no se puede medir pero los muros son tangibles y están aquí y son altos... Tan altos como el cielo.
Hace frío en los cuartos vacíos; cuarteados por los terremotos, tatuados con las líneas del pegamento que fijó los carteles de las estrellas de moda: futbolistas, cantantes, luchadores; amalgama de sueños para masturbarse y soñar, para desear y seguir.
Puertas de lámina enjuta, de herrumbre acostumbrada al tacto del hombre, carcoma mineral detenida por el diario sudor de los habitantes de la vecindad.
Puertas como trampas, como aplausos para el alma descuidada; lista para ser perdida en los abismos de aquello que Dios no se dignó nombrar.
No sólo las puertas son peligrosas, todo en la vecindad es de cuidado. Sí las almas vieran no se atreverían a pasar de la entrada, pero nadie ve, nadie siente.
Cuando se presta atención es posible, para aquellos que están despiertos, escuchar los gemidos de las hijas violadas por los padres, de los hermanos golpeados por los hermanos, de las madres llorando su impotencia. Aquí la miseria no es una condición, es un castigo.
Maldita vecindad, nido de desgracias, colmena de llanto, pila de podredumbre. Maldita vecindad, pararrayos del mal. Quien no te conoce o adivina te desea: ¡Se vende propiedad en el centro, barata¡
¿Acaso no eres tú el foco de la desgracia? Tal vez te tocó estar ubicada en un sitio indeseable, en un momento inoportuno, pero de todas formas eres tú la que maldice, la que devora, la que hastía. ¿Cuántas vidas se han perdido entre tus altos muros, cuantas almas?
No se ven. Indetectables, invisibles, grandes gusanos de sombra y miedo se arrastran en el interior de tu carcasa.
Devoradores de almas, comedores de ilusiones, los negros gusanos se deslizan entres los cuartos vacíos de tu esqueleto. Consumen, ansiosos, la menor partícula de cariño, de ternura, de nobleza. Protegidos por su capa de tinieblas, tantean el terreno para succionar el minúsculo atisbo de decencia.
Maldita vecindad, mustia, te cobijas entre los altos edificios, los consorcios especializados en finanzas, las oficinas gubernamentales.
Pretendes pasar desapercibida pero las gentes pías te rehuyen. Ya eras mala desde antes de que el hombre se acercará a tus terrenos. La misma Tierra te repudia, parche obsceno, mácula terrible.
No obstante tus horrores, no faltó aquel que te deseará, que pretendiera tenerte. Te vio bañada en sangre pero de todas formas te ambicionaba. Te supo mala pero te poseyó. Condes, marqueses, capitanes, diputados... muchos dueños, una sola voluntad, la tuya; siempre tu voluntad destructora adueñándose de las mentes y los cuerpos.
Los antiguos te rehuían, los nuevos no supieron o no quisieron detectar que en ti fluía algo que no puede ser denominado de otra manera más que de bestial.
Cazadora artera, esperas a que nuevamente los patios se llenen, esperas a que los cuartos rebosen de personas y que los pasillos se harten de gritos. Esperas otra oportunidad para saciar tu hambre.
Maldita vecindad, culo del mundo. Maldita vecindad, boca del infierno. Siempre existirá alguien que te posea, y siempre alguien que te habite. En la noche se escuchará un grito desesperado pero también una voz cómplice que dirá que no pasa nada y la virtud llorará bajo las luces de la gran ciudad.

De la Antología Creaturas del abismo de H. Pascal

EL INFINITO CAMINO DE LA SANGRE
Alejandro Rosete Sosa

Al principio, la soledad. El vacío.
No hay palabras que lo describan.
Silencio, tal vez. Nada.
José Luis Ramírez

No existen palabras para definir el color del auto, decir que es negro sería insuficiente. Habría que inventar un matiz: negro pesadumbre, negro abismal, negro condenación... Tal vez lo mejor sea simplemente decir que es negro.
El auto negro avanza lento sobre sus neumáticos de negro caucho. Parece que husmea el aire, que olfatea un aroma perdido, remoto, lejano.
La calle de aquel pueblo sureño esta desierta, siempre es así en cualquier lugar donde aparece el auto negro. Del motor escapa un leve zumbido que paraliza la tarde.
Las aves tempranas del parque Livingston enmudecen cuando el vehículo llega al cruce de Pennsylvania con la 45. Va a pasar de largo pero algo lo detiene. Regresa unos metros y se estaciona. La portezuela se abre igual que cuando un cuervo levanta el ala para acicalarse, el auto espera mientras la sed lo corroe.
Tammy Stephenson, va de regreso a casa. Los lazos de las zapatillas de ballet, puestas al hombro, se confunden con su larga cabellera de trigo. La niña va feliz porque su madre le prometió hornearle un panque de chocolate.
Piensa en cortar camino pasando por el patio de los Johnson pero se arrepiente. A la señora Johnson no le agrada que pisen sus margaritas. La niña ríe mientras apresura el paso.
Al doblar la esquina se encuentra con ese auto color de rosa que le resulta gracioso. ¿A quién se le ocurre ponerle pestañas rizadas al parabrisas?, dice para sí la pequeña. Tammy pasa despacio junto al vehículo abierto. Del interior emana un olor a galletas de Jengibre, a regalos sin abrir, a mediodías de manzanas verdes. Tammy se sube al vehículo para acomodarse entre los osos de felpa.
El auto negro cierra despacio su garganta de metal y se aleja por la 45 hacía la interestatal.
Los pájaros de parque trinan nuevamente. Sobre la acera de la Pennsylvania, las viejas zapatillas de ballet serán el último recuerdo para la señora Stephenson.
En el interior del auto negro Tammy grita desesperada, los juguetes son ahora formas repulsivas que recorren su cuerpo de manera lenta, soez. Unos colmillos de metal avanzan hacia su cuello. La niña nunca tuvo tanto miedo, pero pronto el miedo se queda atrás, superado por dolor, tanto dolor.
La máquina ruge ahora que atraviesa los campos de maíz. Por las válvulas circula la sangre espesa como una caricia, restos de tejido lubrican los engranajes, el escape lanza al viento partículas de hueso calcinado. El motor, satisfecho, redobla el avance sobre la solitaria carretera.
En la oscuridad el alma de Tammy grita, sus lamentos se unen a los de cientos de condenados, infelices pasajeros en un viaje interminable, y aún queda tanto espacio, tanto.
El dolor no es suficiente para calmar el ansia del metal, necesita de un combustible más potente: la sangre.
Sangre y dolor, para correr por los caminos del mundo ¿Qué era antes el auto negro? Tal vez el negro carruaje del cual se habla en una crónica irlandesa del siglo XVII. Quizá el bajel negro que, según el pirata Alí Ib Aldun, cruzaba de África a las costas griegas. O el oscuro carro de combate que esta pintado en la tumba inviolada del faraón Manasés.
Un sólo hombre ha sobrevivido al encuentro con el auto negro. Belén Romero, en 1920, por una casualidad, se percató de que su hija Martha, como atraída por un embrujo, se subía a un carro negro. Sin pensarlo sacó la pistola, corrió y marcó el alto, luego disparó. Por un instante vio algo que lo dejó aterrado. Tras la desaparición de su hija vendió sus propiedades y se fue a las montañas, a maldecir a Dios que permitía la existencia de tal aberración.
El auto recuerda las balas, por eso la hija de aquel hombre sufre un poco más que los otros, sólo un poco.
A veces el auto se detiene bajo la sombra de un árbol solitario. El motor se apaga y pasa el tiempo. La hojas lo cubren, el polvo se acumula en los cristales. Se diría que quiere descansar, no volver a marchar pero la sed vuelve, incontrolable, furiosa, siempre vuelve.
En contadas noches el auto cambia, bajo aquella forma se eleva por los aires y cruza a una velocidad pasmosa el cielo, alas oscuras recortadas sobre la mortaja de la luna. Desde las alturas observa aquel mundo que ha cambiado tantas veces... tantas.
Dentro de algunos miles de años volverá a recorrer los caminos que ahora están sumergidos en los océanos, otras sangres correrán por su garganta, otras almas se alojaran en su interior pero la sed continuará ahí, renovada, eterna.
En contadas ocasiones, como esta, una lágrima se pierde en la inmensidad del cielo.

Presentación de la edición facsimilar de Carta de Amor

Miguel N. Lira, ese gran desconocido
Parte de mi actividad laboral se desarrolla en la biblioteca central Miguel N. Lira, aquí en la capital del estado. Hace unos pocos días, al llegar a ella, escuché a unos jovencitos estudiantes de secundaria preguntar entre sí quién fue Lira; luego de hacerles un breve comentario sobre la trayectoria del gran escritor tlaxcalteca me retiré sin juzgarlos, ¿cómo hacerlo si yo también, al igual que ellos, desconocí la vida y obra de don Miguel?

Da pena decirlo pero hace más de veinte años, siendo yo estudiante de los primeros semestres de universidad conocía a Lira sólo por el cine que lleva su nombre y la estatua que ahí se encuentra.

Fue gracias a los comentarios de estudiosos como Willebaldo Herrera, Olimpia Guevara, Milena Koprivitza y el matrimonio Morales Gaucher, por mencionar sólo algunos nombres, que tuve la oportunidad de acercarme a parte de la vasta obra de N. Lira.

Poco a poco ése gran desconocido me fue sorprendiendo con su enorme capacidad para incursionar en el universo de las letras con una gracia y facilidad dignas de un rey.

Amigo de grandes personalidades de su época contribuyó al despegue de figuras de las letras nacionales que en mucho le debieron la carrera. Personaje preocupado por la cultura y la educación, don Miguel fue editor, a través de Fábula su ya mítica editorial, tanto de la obra propia como de la de Octavio Paz, Xavier Villaurrutia, Julio Torri y Agustín Yáñez. También escribió y publicó cuadernos de ejercicios de lectura en silencio para niños entre otras muchas cosas.

Como todo aquel que ama lo que hace, no reparó nunca en gastos para mantener trabajando su imprenta y con sacrificios buscaba otros ingresos para alimentar su pasión por el arte. Abogado de profesión y pequeño granjero, no sé si por gusto o necesidad, los dineros de esas actividades seguro que permitieron la impresión del los diversos números del correo amistoso Hueytlale.
Lira fue, es y será, pésele a quien le pese, uno de los más extraordinarios literatos que estas tierras tlaxcaltecas han engendrado.

Lo anterior es fácilmente defendible cuando hacemos comparaciones entre el hoy y el ayer:
Hoy en Tlaxcala existen, afortunadamente, muchos hombres y mujeres que han ganado premios literarios nacionales y locales, escrito poemarios, obras de teatro, novelas, mujeres y hombres que editan publicaciones y se interesan por el cine, etcétera. Pero entre todos juntos no alcanzan a superar los logros y méritos que don Miguel alcanzó solo. Él ganó premios y reconocimientos al por mayor en una época en que ser tlaxcalteca era casi una afrenta y no existían ni el internet, ni las becas del Conaculta.

N. Lira cultivo con soltura el género epistolar como ningún tlaxcalteca; se carteó con personajes de la talla de Xavier Villaurrutia o Alfonso Reyes. Escribió poesía, teatro, novela y una de sus obras fue llevada a la pantalla grande con estrellas de la talla de María Felix y Pedro Armendáriz.
Me gusta la poesía de Miguel N. Lira, lo digo sin empacho. Por eso es que no puedo sentir otra cosa más que emoción por encontrarme hoy aquí, ante ustedes y en tan grata e importante compañía para presentar la edición de 1950 de Carta de amor y otros poemas.

De joven quise hacer poesía pero lo único que salió de mi pluma fueron unas cuantas líneas mediocres, ante el rotundo fracaso no me quedo de otra más que convertirme en envidioso lector de poemas ajenos y debo advertir que ni me gusta cualquier autor ni cualquier poema y no me interesan las críticas que ello me atraiga.

Me encantan, por ejemplo, Sabines, Villaurrutia y Withman. Me aburro con Nervo, López Velarde o Becquer. En fin que en éste menester soy muy quisquilloso.

Por lo anterior es que cuando leo los primeros versos de Carta de amor:

…pero tu voz, tus ojos, tu sonrisa.
¡Todo ausente de mí, por tan cercano!
Tú estás desde mi sangre y mis palabras
Despierta y manifiesta.

Siento siempre el mismo deleite.

Unas con otras las palabras se van uniendo para expresar sentimientos que nos son comunes a todos los mortales; sentimientos de angustia, de abandono, celos redimidos luego por la esperanza o el recuerdo de una caricia.

Pero algo raro me sucedía al llegar a la parte siguiente en la edición de 1995 de los Morales Gaucher:

Y se detiene ante tu nombre
Incapaz de decir sin recordarte.

Sentía que algo faltaba, algo no sonaba bien… al leer la edición que hoy nos ocupa descubrí qué era:

Y se detiene ante tu nombre de inolvidado olvido
Incapaz de decir sin recordarte.

Y lo mismo más adelante, en la edición Morales Gaucher se lee:

Y que mis venas se destruyan
Como vidrios que cae (sic) desde los cielos.

Me resultaba difícil de creer que don Miguel no hubiera advertido lo discordante de las metáforas pero nadie es perfecto, eso pensé durante años. Con enorme sorpresa y gusto leí en la edición que hoy se presenta lo siguiente:

Y que mis voces se destruyan
Como vidrios que caen desde los cielos.

Yo ni soy experto en la obra de N. Lira, ni sé si a la hora de la captura del libro de los Morales Gaucher la secretaria se confundió. Lo que si tengo bien claro es que como lector me gusta más esta reedición y por lo tanto agradezco a la Gobierno del Estado encabezado por el licenciado Héctor Israel Ortiz, al Instituto Tlaxcalteca de la Cultura conducido por el Dr. Sabino Yano, al Museo Miguel N. Lira dirigido atinadamente por Rocío Velázquez por publicarla.

Por último debo destacar la bella introducción que Frida Varinia hace a la obra, ella nos ayuda a conocer un poco más a ese gran desconocido que aún es Lira. Gracias a Frida por recordarnos que debemos sentirnos muy orgullosos de que Miguel N. Lira sea tlaxcalteca.

Termino mi intervención con un fragmento de Carta de amor que me gusta especialmente:

¡QUE TORMENTO de niebla en la garganta!
¡Qué incontenida angustia si te llamo
Con mi voz más humana y tú no me respondes!
Oigo mi soledad como llanura donde gime la arena
Y la hierba florece su altivez de silencio.
Pienso que me circundan montes de cantería
Y que mi voz resbala por su epidermis tersa
Para volver a mí y esconderse de nuevo
En el puño cerrado de mi pena.

Gracias por su atención.
Alejandro Rosete Sosa
Tlaxcala de Xicohtécatl, a 25 de febrero de 2008.

jueves 27 de diciembre de 2007

Uno de los cuentos de mi último libro "La Luz negra"

Sagrado Olvido
Hay un Dios supremo sin forma
ni naturaleza de hombre. Pero los
engreídos mortales imaginan que los dioses
tienen voz y cuerpo y sensaciones humanas.
Clemente de Alejandría


Bajo la superficie de la Tierra yacen ocultos templos milenarios de dimensiones colosales, santuarios de negras paredes y torres coronadas con cúpulas de oro construidos por razas ya desaparecidas. En su interior los antiguos dioses aguardan, duermen y sueñan que nuevamente se les rinde culto. Sueñan que el silencio es aplastado por los cánticos fervorosos, por las plegarias que reverberan entre los muros mientras los sumos sacerdotes ofician rituales sangrientos destinados a ganar su favor.
Los dioses primigenios aún pueden sentir en sus fauces la calidez de la sangre, su espesa consistencia.
Los antiguos dioses aguardan, duermen y sueñan. Anhelan el esplendor y la gloria de antaño, pero su espera es vana, los hombres ya no los recuerdan ni les temen. En la Tierra son adoradas nuevas deidades que no exigen ceremonias tan complicadas.
Los ancianos dioses esperan, sueñan y a veces lloran, envueltos en las tinieblas del tiempo que nada respeta, que todo destruye.

Poesía de Luz


PISCIS
Para Erandy Sandoval Villegas

Lejano mar de estrellas,
en el fondo de tu misterio
un pez de plata y un pez de oro
giran buscando una respuesta.

Profundo mar de tierra
en los abismos de tu cieno
un pez de bronce se funde y
un pez de jade echa raíces.

Oscuro océano
entre las frías aguas de tu ser
un pez de fuego busca una salida y
un pez de sombra se cobija.

He venido a pescarte
pez de acero,
he venido a protegerte
pez de llanto,
porque el mar sin peces no existe y
el pescador sin su pez no es nada.

Nunca más volveremos a estar solos
pez de luz, red de sombras.

Juntos nos volveremos escama, cielo, soleada mañana.