México, Distrito Federal, 8 a.m. Ha sucedido un accidente de tránsito en el periférico y estoy preocupado por llegar tarde a laborar. En los once años que llevo como servidor público en la Secretaría de Hacienda nunca he tenido un retardo, tampoco una falta, ni he solicitado permisos o incapacidades. Claro que mi caso no es excepcional; en México nadie llega tarde a ningún lugar y menos al trabajo.
Mis temores se desvanecen, como siempre los agentes de vialidad controlan acertadamente la situación y restablecen rápido el flujo vehicular. Una camioneta Expedition King Ranch se quedó sin frenos y chocó contra el aparador de la conocida casa de modas de María López. No sé porqué el gobierno aún permite la entrada de esa chatarra al país existiendo tan buenas marcas mexicanas. Entiendo que se quiera apoyar a la deteriorada economía de esa pobre nación pero los gringos deberían controlar mejor sus niveles de calidad si pretenden que sigamos importando los vehículos que producen.
El microbús retoma su camino y abro la ventanilla para aspirar el aire fresco de la mañana mientras sigo leyendo mi libro; en el micro todos llevan algo para leer: periódicos, revistas, libros... Una ancianita sudorosa, vestida con un traje deportivo color de rosa, aborda la unidad y todos los hombres nos ponemos de pie para cederle el lugar; ella rehúsa argumentando que no quiere enfriarse porque va a su clase de danza Yo me bajo en la siguiente parada.
El semáforo está en verde pero los automovilistas nos dan el paso. Cruzamos tranquilamente y llegó a la oficina a tiempo para checar. Desde mi terraza miro el impresionante bosque de Chapultepec y la enorme bandera que ondea, gallarda, en la torre del alcázar. Al verde de los árboles lo acompañan decenas de otros colores pertenecientes a los millones de flores y plantas que adornan balcones, prados, terrazas y jardines. No en balde nos llaman la Babilonia de América por aquello de los Jardines Colgantes. ¡Que orgullo me da ser mexicano, vivir en éste gran país!
Mientras cumplo con mis obligaciones me vienen a la mente algunos de los sucesos históricos que nos llevaron a ser la potencia más importante del orbe:
Luego de consumada la revolución, y tras largas discusiones presididas por el general Emiliano Zapata, se decidió que las haciendas, bajo un esquema de propiedad colectiva, continuarían funcionando como lo venían haciendo y al termino de cada año una parte de las ganancias serían reinvertidas para mejorar la producción, otra iría directamente a manos de los campesinos y el resto al fisco para su inversión en infraestructura y servicios. Muy pronto todos los hombres y mujeres del campo, antes desposeídos y explotados, se vieron respetados y dueños de un patrimonio si no enorme tampoco pequeño.
Otro aspecto importante fue la recuperación de los valores prehispánicos; con esmero se rescató lo mejor de las ideas, conocimientos y conductas de los mayas, toltecas, tlaxcaltecas y aztecas para incorporarlos a la cultura del naciente siglo XX. En tono de broma pero no sin razón en el extranjero se dice que junto a los estoicos mexicanos los japoneses parecen alegres. Honor, sacrificio y bienestar común son palabras que se grabaron en nuestra mente con sudor y sangre. Por ejemplo: yo no tengo derecho a ser rico si antes no he trabajado para que mi comunidad también lo sea y sólo la riqueza obtenida de manera honesta es digna de estima.
Por otra parte el presidente José Vasconcelos determinó que en México tanto hombres como mujeres debían contar con una sólida educación que combinara las artes con las ciencias. Visionario afirmó que: “La ciencia es la tarea de nuestra época y por ningún motivo debemos eludirla.” Así que gran parte del presupuesto nacional se canalizó a la educación y la investigación. Por ello varios premios Nobel pertenecen a mexicanos.
Las tradiciones prehispánicas nos llevaron por el camino de la homeopatía y el naturismo. La madre naturaleza creo enfermedades pero también su cura, sólo bastaba encontrarla y en el bendito suelo de México, con sus miles de planta y frutos medicinales, hombres y mujeres de todo el mundo encontraron remedios mil para sus males.
Acostumbrados nuestros antepasados a laborar de sol a sol, hoy se trabaja catorce horas diarias y no existen sindicatos ya que su razón de ser se vio satisfecha con la constitución de 1930. Se trabaja mucho pero en un ambiente de respeto y cordialidad, la creatividad y la imaginación son recompensadas y nadie abusa de su jerarquía. Es cierto que se gana mucho dinero en México y ello permite a todos viajar al interior del país o al extranjero. El peso fuerte, la única moneda de oro en circulación, es aceptado en cualquier lugar del mundo.
También está el evento que en 1936 nos ganó el respeto y aprecio de Europa. El general Francisco Villa, a la sazón embajador de México en Alemania, en una de las fiestas organizadas con motivo de las olimpiadas escuchó de labios del propio Adolf Hitler sus ideas de supremacía, pureza racial y pangermanismo. El führer le preguntó a Villa, con sorna, que le parecían sus planes. Villa le respondió en perfecto alemán:
— “Me parece que es usted un pinche loco, hijo de su chingada madre.”
Al escuchar la terrible ofensa Hitler trató de sacar su arma pero el Centauro del Norte, el mejor tirador de México, fue más rápido. Villa también acabó aquella noche con las vidas de Martin Borman, Joseph Goebbels, Rudolf Hess y dos guardaespaldas con su viejo revólver. Nadie más se atrevió a enfrentar a aquel mexicano en cuyos ojos bailaba el diablo, esto dicho por el nuncio de Roma. El escándalo fue mayúsculo pero terminó pronto por apagarse ya que los aristócratas alemanes se hicieron rápidamente con el poder y en secreto le dieron las gracias al famoso Pancho Villa por librarlos de aquellas lacras.
A veces imagino qué hubiera sido de nosotros sin todas estas decisiones valientes, sin el trabajo arduo de tantas mujeres y hombres que dejaron sus vidas entre los surcos cuajados de maíz y frijol, en los campos de henequén y las minas del norte, en los puestecitos de comida, los talleres y las tiendas. Embrutecidos y despojados, hasta antes de la revolución de 1910, el destino de los mexicanos parecía marcado por el hambre, la desigualdad y la pobreza.
Tal vez padeceríamos hoy los males de países tercermundistas como Estados Unidos o Canadá: políticos mesiánicos, hipócritas, y ambiciosos; funcionarios corruptos, profesores ignorantes, sindicatos venales, narcotráfico, estupidez y banalidad reproducidas cotidianamente por la radio y la televisión, devaluaciones e inflación, estudiantes que no estudian, comerciantes abusivos… ¡Horror, que bueno que no vivo ahí!
Political view
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Este fin de semana hay elecciones para presidente en mi país, y aunque en
muchos países esto sería motivo para ver la contienda electoral en primera
fila,...
Hace 1 año.


2 comentarios:
No mames eres una verga, que pinche viaje me regalaste con esta extasiante redacción. Muy bien, me encantaría que redactaras algo sobre los guerreros aztecas, con tu talento seguramente sería una obra de Arte.
Que narración tan más interesante,solo me hizo reflexionar sobre lo que quiero negar, que vivo en país tercermundista, aunque para creer en que no es así hago un viaje de hora y media atraves de una carretera con baches, mala señalización y sobre la obra de ampliacón de carriles que seguramente cuesta menos de lo que dicen para llegar a CCA donde muestra otra faceta, gente feliz con poder adquisitivo y no al niño pidiendo limosna mientras su padre toca un acordeón viejo y desafinado, pero ¿Qué puedo hacer? si trabajo para sociedad únicamente por el engrandecimineto de esta, lo más probable es que no dure, ya que afectare los intereses de más de uno.
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